Hidalguía en rosa palo...

En el castillo de Soutomaior las camelias se entremezclan con las rosas. Un aroma y un color que debería campear hoy en las armas de la casa, en contraste con la historia de la feroz fortaleza medieval que fuera antaño.

En Soutomaior habitó Pedro Madruga, aquel señor feudal de horca y cuchillo, capaz de meter en una jaula al mismísimo obispo Don Diego de Muros y de pasearlo así por toda la comarca, ciertamente con escarnio. Por entonces en Soutomaior no había camelias. Estarían, casi seguro, los castaños. Y quizás también algunas viñas.

Mucho más tarde llegarían naranjos, eucaliptos y palmeras. Y naturalmente las camelias. Camelias que se distribuyeron primero en grupitos por el parque, y se enroscaron luego como guirnaldas de color en torno a la colina. Camelias blancas, impecables, como pasteles de nata en un cestillo. Grandes, abiertas como dalias. Amarillas, rojas... Y rosas, claro, de todos los matices y tamaños.

Rosa es también, y en este caso rosa palo, el color inexorable que adquieren a menudo las camelias cuando mueren. Con sus pétalos oscuros dorados, casi ocres, se elaboran las célebres alfombras de flores que cubren de complicados arabescos las calles de muchas ciudades gallegas en las procesiones del Viático o del Corpus. Quizás en desagravio.

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