Camelias de celofán...

Envueltas en el leve celofán de la neblina -inevitable casi por el lugar en que nacieron- las camelias del Pazo de Santa Cruz de Ribadulla son, amén de ilustres, ilustradas. Ilustres, por antiguas y ligadas al abolengo de la casa. Ilustradas porque, incluso algo marchitas -con ese tacto de papel, de seda vieja, que les queda cuando ya pasó su tiempo -debieron acompañar a Jovellanos, inertes sobre la misma mesa de piedra donde el escritor redactó más de un sesudo memorándum.

Jovellanos, pues, no llegó a tiempo; mediaba abril, y la mayoría de las camelias habían muerto; sus cabecitas yacían desperdigadas por el suelo vencidas pero intactas.

De entonces aquí las camelias de Ribadulla crecieron salvajes, “sin cuidado” como dicen los botánicos. Fugitivas del jardín, escaparon hacia el bosque. Luego la naturaleza se hizo cargo; distribuyó sus semillas, libremente, al albur del viento y de los pájaros. Las dejó florecer donde cayeron. Y a semejanza de lo que sucede en Japón -su patria vieja- creó, en fin, un bosque de camelias, un bosque que está siempre en movimiento.

Entre rumores de fuentes, crujidos, cascadas, escondrijos, más de 200 variedades de camelias se reinventan cada invierno. Los magnolios les prestan su perfume, tan frondosos y venerables como ellas. Y el bosque, que es ya de por sí un bosque peculiar, se vuelve único: un bosque de camelias.

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