Camelias jacobeas

Al llegar a Compostela, las camelias se vuelven jacobeas.

Se acomodan en el bordón del peregrino, iluminando alegremente el reposo en la Alameda. Y contemplan el paisaje, hecho de realidad y lejanía, que surge como una postal del horizonte. Emocionado el viajero, el peregrino rinde cuentas -a veces pleitesía, a veces sólo reza- por más que esta sea una imagen clásica contemplada muchas veces. Cómplices, dispersas por toda la Herradura, las camelias acompañan su gozo y respetan su silencio.

La Alameda de Santiago de Compostela es el punto de encuentro natural entre lo que era rural y ahora es urbano. Y la Herradura, el paseo que hace la ronda en torno al monte, donde robles de aspecto inmemorial -carballos en gallego-, cobijan la ermita de Santa Susana que se alza en el lugar de un castro celta.

Y en el fondo de esta antigua Carballeira, y junto a paseos y veredas, y a la sombra de limoneros, plataneros y palmeras, hay lugar para camelias y poetas; eternos los poetas, fugaces las camelias.

Y aunque no siempre el viajero se sienta peregrino, las camelias de Compostela no se pueden separar de la venera: Camelias jacobeas.

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