Si tuvierais la posibilidad de volar y de alzaros unos cuantos metros justo por encima del cabo Fisterra, podríais ver la sinuosa y desafiante orografía de A Costa da Morte, que entra y sale altiva en este fiero Atlántico.

Avisa de los peligros a los  navegantes con sus históricos faros, pero también deja que la fuerza de las olas se apodere de sus playas de arena fina y blanca, obsequiándonos con uno de los paisajes con mayor encanto de Galicia.

Penedos de Pasarela,
cando vos vexo, penedos
suspiro de amor por ela.
   Eduardo Pondal

Asombra la belleza casi cruel de las playas de O Rostro y de Mar de Fóra por la competencia que parecen mantener en ellas el agua, el viento y la tierra.

 

Día 1º

Dicen que el nombre de la comarca de A Costa da Morte, entre otras teorías, hace referencia a la gran cantidad de catástrofes marinas sucedidas en tiempos pasados, y también en los recientes, dada la peligrosidad de los acantilados que se hunden en el mar y a los frecuentes temporales. Hay algunas que se han construido en tiempos recientes, como es el caso del moderno faro de punta Nariga, en Malpica de Bergantiños, primera parada de nuestro itinerario. Construido en 1995 y diseñado por el arquitecto gallego César Portela, se alza regio en el cabo del mismo nombre.

Hecho con granito rosa de O Porriño, al mirarlo detenidamente descubriréis un gran barco unido en tres cuerpos que se levanta por encima de los 50 metros sobre el mar. Esta estructura se integra en un entorno de piedras erosionadas por el viento y el agua que parecen esculturas zoomorfas, componiendo un insólito paisaje que se completa con las Illas Sisargas hacia el norte o el cabo Roncudo, en dirección sur. No dejéis pasar la oportunidad de degustar los percebes que crecen en este cabo, de los que algunos dicen que son los mejores de Galicia.

Puede haber recursos que no están georreferenciados y, por lo tanto, no los estás visualizando.

Nuestro viaje continúa hacia Camariñas, pero antes haremos dos paradas en Laxe. Lejos de la concurrida playa que baña el pueblo, están los arenales vírgenes de Soesto y de Traba que, aunque también tienen forma de ensenada, es muy probable que os reciban con fuerte viento y oleaje. En ambos casos, tendréis que dejar el coche en las cercanías y cruzar las dunas por los pasos habilitados hasta pisar la arena blanca y fina que marca el límite con el mar abierto. Soesto se extiende unos 860 metros entre punta y punta, mientras que Traba supera los 2,5 kilómetros.

Una buena distancia que podéis aprovechar para ir dando un paseo y ver entre los juncos de las dunas bajas las aves marinas: gaviotas, martines pescadores, chorlitos o lavanderas, que habitan este gran observatorio ornitológico. Y, si alzáis la vista un poco más, seguro que en la distancia descubriréis alguna de las curiosas piedras talladas por el viento y el tiempo en los Penedos de Traba y Pasarela, declarados Paisaje Protegido por la Xunta de Galicia.

Precisamente esta parte oriental de la Serra de Pena Forcada se extiende desde Traba de Laxe hasta la punta de cabo Vilán, nuestra siguiente parada en el territorio de Camariñas. En este escenario pétreo y, en cierta manera intimidante por la fuerza con la que el aire lo asola, se levanta otro de los faros más conocidos de A Costa da Morte, tanto por su estructura como por su situación, y que actualmente acoge el Museo dos Naufraxios. En la visita a la exposición, conoceréis de cerca los faros y sus secretos y sabréis por qué la belleza de este lugar contrasta con su extrema peligrosidad. En este tramo de costa se contabilizan más de 150 hundimientos; el más conocido es el del buque militar inglés HMS Serpent, el 10 de noviembre de 1890. Excepto tres supervivientes, que consiguieron llegar malheridos a la costa, los restantes 172 tripulantes se enterraron en el conocido como “Cementerio de los Ingleses”. Subid hasta la antigua antorcha, situada a espaldas del faro actual, de 1896. Desde aquí veréis en toda su magnitud la torre octogonal de cabo Vilán. Ahí tenéis al “Cíclope” de A Costa da Morte, que se eleva 105 metros sobre el mar para lanzar su señal luminosa a todos los buques que navegan por estas aguas. Este fue el primer faro eléctrico de las costas españolas. Otra curiosidad es el túnel cubierto que une el edificio de los fareros con la linterna por uno de los lados del acantilado.

Desde la carretera de acceso al faro, hay un sendero que conduce hasta la salvaje playa de Trece. Dejad el coche e internaos a pie o en bicicleta por este camino que os permitirá admirar una magnífica panorámica: el perfil majestuoso de Vilán, playas de guijarros, el mar rompiendo incesantemente... De nuevo en camino, encontraréis el Foxo do Lobo. Se trata de un sistema de caza, de probable origen prehistórico, que consistía en construir muros de piedra convergentes que se utilizaban para cazar al animal que le da nombre, a jabalíes o a ciervos.

Aquí hallaréis también una gran diversidad biológica. De hecho, este es el único lugar de Galicia, junto con las Illas Cíes, donde crecen los últimos ejemplares en peligro de extinción del arbusto de la camariña, que da nombre a este municipio. En los alrededores, fijaos también en los pinos mansos torcidos por la fuerza del viento. El paisaje que nos rodea nos hace pensar en la impresionante fuerza de la naturaleza. Más adelante, y continuando por el sendero, llegamos al Cementerio de los Ingleses. Al final del sendero, encontraréis la ensenada de Trece, custodiada por la figura de una duna trepadora, que parece querer alcanzar la cumbre del monte Blanco.

Continuamos hacia el sur para llegar al atardecer de este primer día al punto más occidental de la España peninsular: el cabo Touriñán. Es esta una pequeña península que entra retadora en el mar casi un kilómetro. Mientras contempláis el paisaje atlántico de A Costa da Morte en todo su esplendor, con el pequeño faro al fondo, la fuerza del viento os empujará por la senda hasta un extremo de los casi mil metros que abarca la playa salvaje de Nemiña, para ver cómo el cielo se vuelve rojizo con los colores cálidos de estos últimos momentos del día. El atardecer también puede ser un buen momento para que subáis al monte Facho a contemplar la belleza de la península de Muxía. O tal vez, envueltos en esta hora mágica, decidáis uniros a los deportistas que encuentran en este arenal un paraíso para el surf.

Día 2º

Reservad el segundo día para llegar a Fisterra, el fin del mundo conocido en la Antigüedad. Antes de que entréis en el pueblo y acompañéis los últimos pasos de alguno de los miles de peregrinos de todo el mundo, que cada día encuentran aquí su final del Camino de Santiago, visitad dos playas de belleza casi cruel por la competencia que el agua, el viento y la tierra parecen mantener en ellas. Son los arenales de O Rostro y de Mar de Fóra, abiertos al Atlántico y siempre envueltos en una aparente soledad.

Aunque debido a su peligrosidad, no forman parte de la zona habitual de baño estival, son parada obligada para todo aquel que se acerca a Fisterra. En los alrededores O Rostro, la línea de arena supera los dos kilómetros. Es un lugar muy concurrido por amantes de la naturaleza y aficionados al senderismo. Relacionada con esta playa, existe además una leyenda que afirma que debajo de su blanca y fina arena se encuentra la mítica ciudad de Dugium, fundada por los nerios y que sucumbió bajo una enorme ola. Mar de Fóra, más cerca del núcleo urbano de Fisterra, cuenta con la compañía eterna del cabo Fisterra y del cabo de A Nave en sus extremos.

Puede haber recursos que no están georreferenciados y, por lo tanto, no los estás visualizando.

La estancia en Fisterra, igual que en cada una de las anteriores paradas, es una excelente excusa para probar las delicias de este mar vivo y al que, en la temporada estival, se le dedican populares fiestas gastronómicas. Estos platos típicos son también menú habitual en los establecimientos locales todo el año: navajas, almejas, percebes, lubina a la plancha, pulpo a la gallega,…

Aprovechad la sobremesa para recorrer el pueblo de Fisterra acompañados por el olor del mar y por el revuelo cosmopolita de los visitantes, sobre todo en las cercanías del albergue de peregrinos y de las cafeterías y bares próximos al puerto. Entrad en el Castillo de San Carlos, de 1757, convertido en Museo de la Pesca. Si es domingo, atravesad la solemne aura del santuario de Santa María das Areas para comprobar si a la talla casi humana del Cristo de la Barba Dorada le crecen el pelo y las uñas, como dice la tradición… pero no perdáis de vista el cielo…

Poco antes de que el sol muera, deberíais llegar hasta los alrededores del faro de Fisterra y tomar asiento en una de las piedras del camino que rodea el promontorio para despediros del astro rey en este su antiguo altar, la Ara Solis de los fenicios. El edificio anexo al faro es el de la Sirena, más conocido como “la Vaca de Fisterra” por los estridentes sonidos que emite en los días de niebla densa hasta las 25 millas (46 km). El tercer edificio del conjunto es el del Semáforo, situado a cierta distancia de los anteriores. Antes servía a la marina de guerra y ahora es una hospedería rehabilitada por el arquitecto César Portela.

La sombra del mítico faro, el bramido de la Sirena, la vista del mar infinito y brillante allá abajo, algún pequeño barco en la lejanía, el peligroso islote de O Centolo, o la mole pétrea del monte Pindo, al otro lado de la ría de Corcubión, serán vuestros mejores compañeros para poner fin a este viaje por un mar duro, pero tranquilo; de muerte, pero de vida.

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