Galicia, una tierra cuajada de leyendas, de literatura y hasta de canciones populares dedicadas a sus aguas, la tradición termal le viene de lejos. Ya los romanos, que sabían bien lo que se hacían, supieron utilizar sus muchos manantiales para mejorar la salud, pero también para divertirse y relajarse. Por otra parte la geografía gallega está sembrada de aquellas pozas de sanar en las que nuestros tatarabuelos encontraban alivio.

Durante la época dorada del termalismo –de mediados del XIX a principios del XX–, los balnearios gallegos de más solera se convirtieron en grandes centros sociales que  congregaban a la flor y nata de la sociedad.

Desde hace unos años los balnearios viven un segundo renacer. Muchos han recuperado su gloria de antaño incorporando instalaciones de vanguardia. Así han atraído a un público más joven que, además de sus tradicionales fines terapéuticos, buscan unos días de sosiego y cuidados, avalando la idea de que no es preciso estar enfermo para ir a un balneario. Otros, de nueva planta, han abierto sus puertas ligados a hoteles de hasta cuatro y cinco estrellas.

No obstante, más que la cantidad de balnearios y talasos lo más destacable es su variedad, que permite que cada cliente dé, sin salir de Galicia, con el que mejor se ajuste a sus necesidades, gustos o presupuesto: desde un modesto balneario tradicional en el que mejorarse de alguna afección hasta uno a la última en el que optar por un tratamiento de relax, estética o salud, o incluso combinar todas estas facetas al tiempo que se disfruta de la naturaleza, los deportes al aire libre y, claro, de la gastronomía local.

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